A lo largo del año, el ritmo del mostrador lo marcan las rutinas, las prisas del desayuno antes de ir al colegio o el pan rápido de las dos de la tarde. Pero cuando llega agosto, el ambiente de las pastelerías se transforma por completo. El reloj parece perder importancia, las prendas de ropa se aligeran y el mostrador se convierte en el escenario de una divertida pasarela sociológica.
Observando lo que se pide antes de pasar por caja, se puede adivinar, casi con precisión milimétrica, en qué punto exacto de las vacaciones se encuentran los clientes. ¿Quieres saber en qué grupo encajas tú?
El "anfitrión estresado de última hora"
A este cliente se le reconoce de lejos. Entra a la tienda con los ojos ligeramente desorbitados, mirando el reloj del móvil y, por lo general, hablando por el manos libres. Su frase favorita al llegar al mostrador es: «¿Qué te queda que sea para diez personas y que no requiera horno?».
Este perfil suele ser la víctima de una improvisación veraniega: amigos que se han presentado en casa para ver el atardecer en la terraza o una cena familiar que se ha ido de las manos. Su salvación siempre pasa por nuestras empanadas grandes o los pastelitos salados. No viene buscando un capricho; viene buscando un milagro que le salve la noche sin tener que encender un fogón a 35°C. Cuando sale de la tienda con las cajas bajo el brazo, se le nota un alivio instantáneo en los hombros.
El "turista despistado en operación descubrimiento"
Agosto es el mes de los viajes, y eso se nota en el idioma y en la forma de mirar la vitrina. El turista —ya sea extranjero o de otra comunidad autónoma— no entra con prisa. Se toma su tiempo. Mira nuestros pasteles tradicionales con la curiosidad de quien observa una obra de arte en un museo.
Suele señalar con el dedo, hace preguntas sobre los ingredientes locales y se deja aconsejar. Para ellos, la pastelería es una parte fundamental de la cultura del lugar que están visitando. Su compra suele ser variada: un par de pasteles individuales para probar cosas distintas y una bolsa de pastas típicas para llevar de recuerdo. Lo mejor de este perfil es la sonrisa de expectación cuando se lleva la bolsa; saben que están a punto de descubrir un sabor nuevo.
El "abuelo consentidor" y el ritmo de la tarde
Este es, sin duda, nuestro perfil favorito de julio. A eso de las seis o siete de la tarde, cuando el calor empieza a dar una tregua y la playa o la piscina quedan atrás, la tienda se llena de abuelos o abuelas en compañía de sus nietos. Es el tierno ritual de la merienda de vacaciones.
En este caso, las normas de nutrición del resto del año quedan convenientemente suspendidas. El abuelo o la abuela miran al niño y le dicen: «Pide lo que quieras». El mostrador se llena entonces de dedos pequeños que apuntan a bambas de crema, palmeras gigantes o napolitanas. La compra de este cliente no busca la sofisticación; busca fabricar un recuerdo de verano de esos que se quedan grabados para siempre en la memoria de un niño.
El "desconectado vacacional"
Este cliente es la viva imagen de la paz. Viene en chanclas, con el pelo aún húmedo y una calma que da envidia. No sabe en qué día de la semana vive, y le da igual. Su compra es un reflejo de su estado mental: una hogaza de pan de masa madre de calidad para hacerse tostadas tardías a las once de la mañana, un par de croissants artesanales y, tal vez, un trozo de bizcocho para acompañar el café frío mientras lee un libro. Para él, la pastelería es el lujo de poder desayunar sin mirar el reloj, estirando el tiempo al máximo.
El mostrador en agosto es, en definitiva, un reflejo de nuestras ganas de disfrutar, de compartir y de bajar el ritmo. Así que la próxima vez que entres por la puerta de una pastelería o panadería, fíjate en lo que pides. Tu bandeja de dulces está contando una bonita historia sobre cómo estás viviendo tu verano.